miércoles, 29 de marzo de 2017

Precuela de Sangre Vikinga - Jens el esclavo


Me desperté sobresaltado y sudoroso. Los mismos recuerdos transformados en pesadillas me atormentaban una y otra vez desde hacía ya un año, cuando arrasaron Ranrike. Miré a mi alrededor y traté de tranquilizarme escuchando los ronquidos y las pesadas respiraciones de mis compañeros de celda.

Cuando me atraparon me opuse. Prefería estar muerto que aceptar mi esclavitud. Tras varias semanas de latigazos me dejé morir. No comía, no me movía, no hablaba, no me resistía. Hasta que encontraron cómo hacerme reaccionar. No me importaba lo que me pudieran hacer. Incluso soporté el dolor de varias torturas sin inmutarme, pero no podía permitir que por mi culpa agredieran a otros, en especial a la pobre esclava que se dedicaba a cuidar de nosotros. Ella no se dio por vencida conmigo. Cada vez que volvía de un fustigamiento ella me lavaba y me hablaba. Nunca obtuvo respuesta por mi parte pero no cejaba en su empeño.
El día que todo cambió me sacaron al patio pero no fue a mí a quien ataron a la pilona, si no a ella. Rasgaron sus ropas dejando al descubierto su blanca espalda cruzada por marcas de latigazos ya cicatrizados.
—¿Sabes qué es esto? —dijo Egbert, látigo en mano, acercándose a la muchacha. Se había tomado muy en serio hacer de mí un esclavo ejemplar. Lo miré directamente a los ojos, despertando de mi letargo, sin comprender. Entonces le atizó un latigazo a la pobre Agneta que gritó y rompió a llorar—. ¿Cómo tengo que decirte que no mires a tus amos a la cara?
Bajé la mirada de inmediato. Me fallaron las fuerzas después de varios días sin probar bocado y caí de rodillas en respuesta a su grito. Entonces comprendí que si los dioses no me habían reclamado todavía era porque esperaban algo de mí. En aquel momento era salvar a aquella pobre esclava. Tal vez, si aceptaba mi nueva condición, podría salir de allí y, quizá, sólo quizá, escapar, volver a casa y pedirle explicaciones a mi padre por su traición y abandono a su propio hijo. Pero para averiguarlo, tenía que convertirme en un buen esclavo sin perderme a mí mismo. Tenía un plan. Tendría que aceptar mi situación sin desviarme de mi objetivo. Lo había perdido todo, pero mientras estuviera vivo tendría alguna posibilidad de recuperarlo.
Tras aquel día mi actitud cambió. Me llevó por las ferias de varios pueblos y aldeas. Me exhibía como a un animal en peleas. Pero Egbert no encontraba comprador que se atreviera a adquirir un vikingo. Los germanos me temían, por muy esclavo que fuera. Según avanzábamos hacia el Sur, el temor se tornaba curiosidad. Los míos habían atacado varios de los pueblos cercanos a la costa o con ríos que permitieran el paso de los Drakkars. Pero al Centro y Sur de Germania sólo llegaban historias, leyendas sobre nosotros y nuestros ataques. Creían saber quiénes éramos, pero en realidad su visión era parcial.
Al llegar a Mainz, tras ganar una pelea para Egbert, un anciano llamado Meyer vino a nuestra tienda.
—Una espalda fuerte la de tu muchacho —dijo el anciano.
—No es para menos, es un auténtico hombre del norte —respondió Egbert casi con orgullo.
—¿Tienes más como éste?
—Éste vale por tres. No son fáciles de conseguir —disimuladamente observé a aquel hombre entrado en años pero con una presencia que denotaba cierto estatus. El duelo de miradas entre ellos parecía que no iba a terminar nunca.
Tras una ardua negociación, en la que además de mí se trataron otros objetos de compra-venta, acabé en manos de aquel anciano.
La casa de Meyer resultó ser un caserío con escudo de armas sobre el portón y grandes extensiones de tierra cultivada.
—Mira, Jens, este es mi hogar y ahora también será el tuyo. —Alcé la vista desde la parte de atrás de la carreta, en la que me encontraba atado, y durante un instante mis ojos coincidieron con los suyos. Azules, cansados y empequeñecidos por las arrugas. Antes de que pudiera darme cuenta había recibido un codazo de mi nuevo amo en el pómulo—. Ya me dijo Egbert que tendría que reforzar tu humildad, pero no esperaba que fuera lo primero que haría a tu llegada, muchacho.

Y así fue. Tras descargar con mis nuevos compañeros las recientes adquisiciones me azotó delante de todos.
Por suerte, sólo fue una advertencia y con diez latigazos se dio por satisfecho. Me puse la camisa yo mismo y continué con mis nuevas tareas de labranza.
Comenzaba una nueva etapa para mí. Evalué mis posibilidades de escapar de allí y todas pasaban por ganarme la confianza de mi nuevo amo para obtener algo más de libertad de movimientos.