miércoles, 8 de marzo de 2017

Precuela de Sangre Vikinga - Cárdigan

Hoy es el día. Todo está preparado para nuestra partida como proscritos, cual ladrones que huyen tras conseguir su botín.
Es noche cerrada y Alan me espera en los establos donde hemos dado rienda suelta a nuestro amor tantas veces.
Entro y susurro su nombre. Unos cálidos labios me silencian mientras sus brazos me rodean. Yo sonrío y le devuelvo el abrazo poniéndome de puntillas para acariciar su nuca con mis dedos.
—¿Estás segura? —pregunta separándose de mí y tomándome de las manos.
Pese a la oscuridad que lo envuelve todo, puedo sentir sus ojos clavados en los míos.
—Completamente —respondo mientras mi sonrisa se hace cada vez más grande. De pronto una punzada de miedo atraviesa mi corazón. Me quedo rígida y sólo acierto a decir —¿tú no?
—Por supuesto, Cárdigan. Es sólo que —dice dubitativo— yo no tengo mucho que perder, en cambio tú sí.
—Soy la hija del Conde de Sheriland, pero también soy la dueña de mi vida. —Me enerva que mi padre esté buscándome un esposo como quien va a vender un caballo y estudia todas las ofertas—. No permitiré que me digan a quién puedo armar y a quién no. —Respiro hondo antes de continuar y relajo mi tono—. Alan, quiero ser libre para despertar todos los días a tu lado. —Él me acaricia las manos con sus dedos—. Si para que eso ocurra tengo que desaparecer, que así sea.
—Entonces vámonos. —Mis ojos ya se han acostumbrado a la densa oscuridad y creo distinguir la sonrisa que acompaña a su voz.
Nos encaminamos a la puerta de atrás donde esperan los caballos pero antes de que lleguemos a ella entra uno de los hombres de mi padre con una antorcha. Mientras nos recuperamos del deslumbramiento entran más guardias. Cinco rostros enjutos nos observan con desaprobación y mi padre aparece en el umbral.
—No vais a ir a ningún sitio —dice sombrío.
Uno de los guardias golpea a Alan en el rostro haciéndole girar la cabeza. Sus dedos se cierran sobre los míos con fuerza hasta que le asestan otro golpe en el estómago doblándolo por la mitad y me suelta.
No puedo dejar de mirar incrédula el espectáculo. Estábamos tan cerca de conseguirlo…
Unas manos me sujetan y me arrastran a un rincón apartado del establo. Es mi madre que me dice algo pero no soy capaz de entender nada. Sólo puedo contemplar horrorizada la paliza que le están dando al hombre cuyo único delito ha sido amarme.
Con una bofetada mi madre consigue que la mire.
—Que te subas las faldas, te digo —grita con exasperación para hacerse oír por encima del jaleo de los hombres.
—¿Qué? ¿Para qué? —pregunto sin comprender.
Ella gruñe y se agacha. Al ponerse de pie y entregarme los dobladillos me aclara con rabia:
—Para comprobar cómo de grave ha sido tu falta.
Vuelve a agacharse y rauda busca la entrada a mi interior. Doy un respingo y entonces lo entiendo, pero es demasiado tarde para evitarlo o tratar de defenderme haciéndome la ofendida. Mi madre ya está hurgando en busca de algo que le entregué a Alan hace meses.
Termina su examen. Sin mirarme se dirige hacia mi padre y le susurra algo al oído. La sigo y observo, como si de un sueño se tratara, que están atando a Alan de las muñecas a una de las vigas.
—Setenta latigazos —sentencia mi padre.
Fijo mis ojos en él con resentimiento  y cuando me devuelve la mirada parece haber envejecido diez años en un instante.
El sonido de tela rasgándose hace que me gire hacia Alan que espera que se cumpla el castigo colgado con los brazos extendidos y la espalda desnuda. Esa espalda que he acariciado tantas veces.
Me sobresalto al ver el primer latigazo. Él emite un gruñido y se tensan todos sus músculos. Los nudillos de sus puños se tornan blancos. Una línea de sangre emerge en su espalda.
Las lágrimas corren por mis mejillas. No sé cuándo he empezado a llorar. Lo siento, Alan. No debí utilizarte para salir de aquí. Me gustabas mucho aunque no me habría casado contigo. Ni contigo ni con nadie. Pero tampoco pretendía lastimarte.
—¡Basta! Es culpa mía. Soy yo la que debería ser castigada, no él. Padre, por favor, detén esta tortura.
Sin mediar palabra me arrastra fuera. Mi madre nos sigue y es ella quien responde a mi plegaria.
—Tú también serás castigada. Cuando tu hermana se marche al convento irás con ella. Hasta entonces no volverás a salir sola de tu alcoba. Tal vez si consagras tu vida a Cristo, Dios pueda perdonar tu deshonra el día del juicio final.
—Jamás pondré un pie en ese maldito convento. —Respondo con rabia.
Mi madre me cruza la cara de un bofetón dejándome la mejilla palpitando.
—Has deshonrado a tu familia, Cárdigan, ahora ya no podremos encontrarte marido ni asegurarte una posición acorde a tu rango —me dice ella mientras lanza una mirada acusadora a mi padre—. ¿No vas a decir nada, Darsus?
Mi padre suspira. Parece cansado.
—Debiste acudir a mi, hija. Si me lo hubieras contado podríamos haber encontrado una solución.
—¿Pero qué estás diciendo? —le increpa mi madre con su voz chillona.
—Sólo digo que, en ocasiones, el deber y el corazón no se ponen de acuerdo, pero siempre hay una solución.
Cierro la boca al darme cuenta de que la tengo abierta mientras miro a mi padre perpleja. Sé perfectamente que el matrimonio de mis padres fue un contrato, sólo un acuerdo entre dos familias donde ellos no tuvieron nada que decir. Pero no tenía ni idea de que mi padre pudiera entender de asuntos del corazón.
El rostro de mi madre ha mutado a rojo, lo veo incluso en la oscuridad de la noche.
—¿Solución? —grita entre dientes mi madre. Convierte sus ojos en dos ranuras que desprenden una rabia absoluta, un odio que me parece irreal, imposible por su intensidad—. Déjame adivinar —continúa entre susurros— le habrías aconsejado que se casara y tomase al muchacho como amante, ¿no es así? —mi padre la mira con reproche pero con la cabeza gacha—. Maldito seas, Darsus, tu y toda tu estirpe. Y maldigo el día en que me casé contigo.
Tras escupirle en la cara a mi padre, ella se gira y se va dejándonos a los dos petrificados.
El sonido apagado del látigo y los gruñidos abogados de Alan me devuelven a mi realidad.
—Padre, yo… —empiezo a hablar pero él me interrumpe.
—Cárdigan, necesito que seas absolutamente sincera conmigo. ¿Amas a ese muchacho tanto como para casarte con él, incluso si eso supone que te desherede?
—Lo que amo es mi libertad. No quiero casarme ni con él ni con nadie.
—Si no lo amas y no quieres casarte con él, ¿por qué le has entregado tu virtud? —pregunta entre indignado y desconcertado.
—Él me hizo sentir cosas maravillosas y llegó un momento en que no pude ni quise parar. —Noto cómo el rubor sube a mis mejillas. Jamás me habría imaginado hablando de esto con mi padre.
—Pero no lo amas —sentencia con firmeza.
—No. —Confieso un poco avergonzada.
—La lujuria es un pecado capital. Esas cosas sólo deben hacerse por deber o por amor —me dice ofendido—. Vete a tus aposentos y no salgas de allí hasta que yo lo ordene.
—Pero Alan…
—Lo expulsaré de mis tierras. Así aprenderá a no dejarse embaucar por las mujeres —concluye con tono acusador—. Ahora largo. Esperaba más de ti.
Y tras poner fin a esta extraña conversación, la más larga que hemos tenido hasta ahora, gira sobre sus talones y al llegar a la entrada de la cuadra ordena el cese del castigo.

Muy bien, habéis ganado. Pero lo intentaré una y otra vez hasta que consiga escapar de aquí. Y mientras tanto me divertiré con quien me de la gana.