miércoles, 5 de abril de 2017

Precuela de Sangre Vikinga - Caillean

Darsus entró en la sala del homenaje detrás de su padre, el Conde de Sheriland. Mi hermana Liseth lo aguardaba junto al nuestro sin levantar la vista del suelo. Mi madre y yo observábamos aquel primer encuentro desde un lateral.
No podía dejar de mirar a aquel joven. Él miraba a mi hermana buscando sus ojos pero ella solo hizo una reverencia casi forzada.
Durante un instante, sólo un momento, él me miró. Sentí el rubor subir a mis mejillas y un repentino calor inundó todo mi cuerpo. Darsus me dedicó la más arrebatadora sonrisa que jamás hubiera visto y supe que me había enamorado.
—No puedo casarme con él, Caillean —lloriqueó mi hermana cuando estuvimos a solas en nuestra alcoba.
—Pero el compromiso se ha firmado. Tú eres la mayor de las dos, la que tiene derecho al matrimonio —dije sin comprender cómo podía rechazar a un hombre como Darsus.
—No puedo, Caillean. ¿No lo entiendes? Después de lo que casi me hizo ese desgraciado no puedo pensar en dejar que ningún hombre me toque.
El anterior pretendiente de mi hermana trató de hacer valer sus derechos de esposo antes de tiempo. Ella se resistió, gritó y se defendió. Gracias a Dios, pudieron auxiliarla a tiempo y el compromiso se rompió. Pero ese episodio la dejó muy marcada.
—Pero Liseth, Darsus es diferente. Dale una oportunidad.
—Preferiría irme al convento contigo.
Nuestro padre era conde, como el de Darsus, pero sus riquezas no eran suficientes para pagar dos dotes, de manera que, desde bien pequeñas, Liseth se educó para ser una buena esposa y yo para ser una devota sierva de Dios.
—Entonces ve tú —dije con una convicción que me sorprendió a mí misma.
—¿Cómo dices? —mi hermana me miró extrañada sin comprender.
—Que vayas tú al convento y yo me casaré con Darsus.
Allí estaban otra vez las mariposas dando vueltas y vueltas en mi estómago solo de pensar en él.
Mi padre era un hombre práctico y mientras pudiera cumplir su palabra de casar a una de sus hijas le daba igual cuál. Por supuesto, la razón que le dimos es que yo quería ser madre mientras que Liseth había sentido la llamada de Dios con más fuerza que yo. Mi madre puso el grito en el cielo. Dijo que todo el esfuerzo que había hecho para darnos una educación adecuada a nuestro sino había sido una grandísima pérdida de tiempo y que éramos dos desagradecidas.
Pese a todo, los de Sheriland aceptaron el cambio y el día de la boda fui yo la que subió al estado a firmar los esponsales.
Temblaba de pies a cabeza. Sentía mis manos sudorosas por los nervios y casi me faltaba el aire. A parte de mi padre, nunca había tocado a un hombre. Pero cuando lo vi allí arriba, esperándome, todo lo demás desapareció, sólo estábamos él y yo. Tras firmar, la nueva unión se selló con beso. Mi primer beso. Fue rápido e inocente y, sobre todo, torpe.
Me tomó de la mano para ir juntos a la capilla. Al entrar me sentí una traidora. Había estado allí tantas veces rezando, preparándome para ser una sierva del Señor... Y, sin embargo, le estaba dando la espalda para sucumbir a la lujuria y el amor carnal. Pero mi turbación se esfumó cuando el religioso bendijo nuestra unión ante Dios. A través de la imposición de sus manos me llegó el perdón y la comprensión del Altísimo.
Durante aquella primera noche Darsus fue atento y delicado. Me parecía flotar entre sus manos. Sus besos y caricias eran tiernas y respetuosas. Todo parecía maravilloso y para confirmarlo llegó nuestro primer hijo, Darean. Fuerte, sano y muy hermoso.
Al poco tiempo murió mi suegro y Darsus se convirtió en el nuevo Conde de Sheriland. Para homenajear al difunto, entre otros muchos festejos, mi esposo otorgó la libertad a varios de los esclavos que había comprado su padre. Algunos se marcharon y otros se quedaron. Entonces me fijé en una de las muchachas. Se llamaba Helga y casi no la había visto en todo el tiempo que yo llevaba allí.
Durante mi segundo embarazo recibimos la visita de Fray Fentón, el hermano de mi esposo. Había terminado su formación y se disponía a partir hacia el Norte a llevar la palabra de Dios. Me parecía un hombre entrañable hasta que vi con mis propios ojos la confianza y condescendencia con la que trataba a Helga. Y lo peor de todo es que Darsus hacía lo mismo. Si un desconocido hubiese presenciado la escena habría creído que la señora de la casa era ella. No ayudó el hecho de que, al percatarse de mi presencia, ella se despidiera apresuradamente de mi cuñado y desapareciera al instante.
Aquella fue la primera gran pelea que tuvimos Darsus y yo. Finalmente, concluimos que mis celos no tenían fundamento, que mi embarazo me hacía estar muy sensible y que ella solo había sido una esclava que los había visto crecer y quién inspiró a Fenton para marchar hacia el Norte.
Creí a mi esposo. Lo amaba tanto que quería creerlo por encima de todo. Pero estando recién  embarazada por tercera vez mi mundo se despedazó. Traté de confiar en Darsus. Ella procuraba no dejarse ver pero en ocasiones mi esposo desaparecía. Me decía que estaba en su despacho o que había salido a montar pero yo empecé a sospechar lo que me negaba a creer. No lo encontraba donde él decía que estaba. Cuando le pedía explicaciones me daba excusas muy convincentes pero que no calmaban mi espíritu. Un día lo seguí. Bajó a las cocinas, se asomó sin entrar y siguió su camino escaleras abajo. Fui a seguirlo pero me tuve que esconder de nuevo cuando ella salió y lo siguió escaleras abajo. Me quedé petrificada, fría. Sentí ganas de llorar, gritar y morirme allí mismo y todo a la vez. No estaba segura de ser capaz de soportar la realidad si bajaba y descubría que todo era cierto. No sé de dónde saqué fuerzas para moverme, despacio, sigilosa, hacia la celda de aquella que me estaba robando a mi esposo, mi felicidad y mi vida. Según me acercaba podía escuchar las risas cómplices de dos amantes que pronto se convirtieron en jadeos y gemidos. Podía escuchar incluso las caricias que se prodigaban. Llegué a la puerta y apoyé mi frente en ella, temblando ante lo que sabía que había detrás. La madera cedió bajo mi peso y del susto me aparté. La puerta estaba ahora ligeramente entreabierta. Mi pulso estaba acelerado, mi incipiente barriga estaba dura de la tensión.
Las lágrimas corrieron por mis mejillas, silenciosas y desconsoladas, al comprobar que la pasión de aquellos dos amantes no se parecía en nada a lo que había en nuestra alcoba. Mi esposo jamás me había tocado como la estaba poseyendo a ella. Los besos y caricias que me daba poco tenían que ver con la forma de hacer suya a esa asquerosa bastarda. Ella estaba sobre él cabalgándolo mientras él la cubría con sus manos apretándola contra sí mientras la rubia melena de ella flotaba suelta abrazándolos a ambos. Maldita hija de vikingos mata cristianos. Eso era. Un demonio que había embrujado a mi esposo para robármelo.
Di un paso al frente abriendo la puerta completamente. Ellos se detuvieron al descubrir mi presencia. 
—Caillean, ¿qué haces aquí? —dijo tratando de cubrir su desnudez y la de ella mientras esa sabandija se escabullía del lecho y se vestía.
—Confié en ti —conseguí decir con un hilo de voz—. ¿Cómo has podido hacerme esto?
En aquel mismo instante, todo el amor que sentía por aquel hombre se convirtió en odio. Un odio tan intenso que era puro veneno.
Dios me estaba castigando por desviarme del camino de la santidad.